individuales puedan cruzar sobre tablas, el material pesado requerido para la construcción de puentes no puede ser transportado de ese modo. Esta dificultad en muchas ocasiones puede ser insuperable.
Una segunda peculiaridad de un pantano es que los medios empleados para cruzarlo no pueden eliminarse por completo como aquellos utilizados para pasar un río; los puentes pueden romperse o destruirse tan por completo que jamás vuelvan a ser utilizados; lo más que puede hacerse con los diques es cortarlos, lo cual no es gran cosa.
Si hay un río en el medio, por supuesto que el puente puede retirarse, pero con ello todo el paso no quedará destruido en el mismo grado que el de un gran río por la destrucción de un puente.
La consecuencia natural es que los diques existentes deben ser siempre ocupados con fuerza y defendidos enérgicamente si deseamos obtener alguna ventaja general del cenagal.
Por un lado, por consiguiente, nos vemos obligados a adoptar una defensa local y, por otro, dicha defensa se ve favorecida por la dificultad de cruzar por otras partes. De estas dos peculiaridades resulta que la defensa de un pantano debe ser más local y pasiva que la de un río.
De esto se deduce que debemos ser más fuertes en un grado relativo que en la defensa directa de un río, y por consiguiente que la línea de defensa no debe ser de gran extensión, especialmente en países cultivados, donde el número de pasos, incluso bajo las circunstancias más favorables para la defensa, sigue siendo muy grande.
A este respecto, por tanto, los pantanos son inferiores a los grandes ríos, y este es un punto de gran importancia, pues toda defensa local es ilusoria y peligrosa en extremo. Pero si reflexionamos que tales pantanos y tierras bajas tienen por lo general una anchura con la que la de los ríos más grandes de Europa no