—si nuestra artillería empieza a responder débilmente a la del enemigo—; si los batallones bajo el fuego disminuyen inusualmente rápido, porque junto con los heridos multitudes de hombres ilesos se retiran a la zaga; —si divisiones aisladas han sido cortadas y hechas prisioneras debido a la ruptura del plan de batalla—; —si la línea de retirada empieza a verse en peligro—: el Comandante puede saber muy bien en qué dirección va con su batalla. Cuanto más tiempo continúa esta dirección, cuanto más decidida se vuelve, tanto más difícil será el giro, tanto más cercano el momento en que deba abandonar la batalla. Haremos ahora algunas observaciones sobre este momento.
Ya hemos dicho más de una vez que la decisión final se rige principalmente por el número relativo de reservas frescas que queden al final; aquel Comandante que ve que su adversario le es decididamente superior a este respecto se decide a la retirada.
Es característica de las batallas modernas que todos los contratiempos y pérdidas que tienen lugar en el transcurso de las mismas puedan ser enmendados por fuerzas frescas, porque la disposición del orden de batalla moderno y la forma en que las tropas entran en acción permiten su uso casi en general, y en cada posición.
Por consiguiente, mientras aquel Comandante contra quien parece decidirse la jornada conserve todavía una superioridad en fuerza de reserva, no la dará por perdida.
Pero desde el momento en que sus reservas empiezan a ser más débiles que las de su enemigo, la decisión puede considerarse zanjada, y lo que haga a partir de ahora dependerá en parte de circunstancias especiales, en parte del grado de valor y perseverancia que posea personalmente, y que puede degenerar en necia obstinación.