Cuando hace poco visité Peckham, descubrí que todo el mundo preguntaba: «¿Qué le ha pasado a Sam Solders, el fontanero?». Parecía estar en una mala situación, y su mujer estaba muy preocupada por el estado de su mente. Como unos años antes me había instalado un sistema de agua caliente que no provocó ninguna explosión hasta al menos tres meses después (y entonces solo afectó a la tez de uno de los pretendientes de la cocinera), le tenía bastante estima.
—Ahí lo tiene —dijo la señora Solders cuando pasé a preguntar—. Así lleva tres semanas. Apenas come y no descansa, mientras tiene su negocio tan abandonado que no sé qué va a ser de mí y de los cinco niños. Todo el día —y la noche también—, ahí está, haciendo números y más números, y tirándose de los pelos como un loco. Me va a llevar a la tumba antes de tiempo con tanta preocupación.
Persuadi a la señora Solders para que me explicara el asunto. Al parecer, él había recibido el encargo de un cliente de fabricar dos cisternas rectangulares de zinc, una con tapa y la otra sin tapa. Cada una debía tener una capacidad exacta de 1.000 pies cúbicos de agua cuando estuvieran llenas hasta el borde. El precio se fijó en una cantidad determinada por cisterna, incluido el coste de la mano de obra. Ahora bien, el señor Solders es un hombre ahorrativo, por lo que naturalmente deseaba construir las dos cisternas con unas dimensiones tales que se requiriera la menor cantidad posible de metal. Esta era la pequeña cuestión que tanto lo atormentaba.
¿Podrán mis ingeniosos lectores encontrar las dimensiones de la cisterna más económica con tapa, y también las proporciones exactas de dicha cisterna sin tapa, cada una con capacidad para 1.000 pies cúbicos de agua?
Por «económica» se entiende el método que requiere la menor cantidad posible de metal. No es necesario dejar margen para lo que las damas llamarían «dobleces».
Demostraré cómo saqué al señor Solders de su apuro. Él dice: «Ese pequeño truco que me diste le sería útil a otros en mi oficio».