El fraile era un tipo alegre, de lengua dulce y ojos centelleantes.
"Cortés era y servicial. No había en ninguna parte un hombre tan virtuoso".
Aun así, era "el mejor mendigo de toda su orden", y daba razones de por qué "por tanto, en vez de llanto y mucha oración, los hombres deben dar plata al fraile necesitado". Respondía al nombre de Huberto. Un día sacó cuatro bolsas de dinero y habló de este modo:
"Si el fraile necesitado recibe en limosna quinientos peniques de plata, dime, por favor, de cuántas maneras diferentes se pueden colocar en las cuatro bolsas".
El buen hombre explicó que el orden no importaba (de modo que la distribución 50, 100, 150, 200 sería la misma que 100, 50, 200, 150, o 200, 50, 100, 150), y una, dos o tres bolsas podían quedar vacías en cualquier momento.