El Sargento de la Ley estaba «lleno de excelencia. Era discreto y de gran reverencia». Era un hombre muy ocupado, pero, como muchos de nosotros hoy en día, «parecía más ocupado de lo que estaba».
Hablaba una tarde de prisiones y prisioneros, y al fin hizo las siguientes observaciones: «Y lo que vengo diciendo me trae ciertamente a la memoria que esta mañana recordé un acertijo que ahora expondré».
Sacó entonces una tira de pergamino en la que estaba dibujado el curioso plano que ahora se presenta. «Aquí —dice— hay nueve mazmorras, con un prisionero en cada mazmorra salvo una, que está vacía. Estos prisioneros están numerados en orden, 7, 5, 6, 8, 2, 1, 4, 3, y deseo saber cómo pueden, en los mínimos movimientos posibles, colocarse en el orden 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8. Un prisionero puede moverse a la vez por el pasillo hacia la mazmorra que resulte estar vacía, pero nunca, bajo pena de muerte, puede haber dos hombres en una misma mazmorra al mismo tiempo. ¿Cómo puede hacerse?».
Si el lector hace un plano aproximado en una hoja de papel y utiliza fichas numeradas, le resultará un pasatiempo interesante ordenar a los prisioneros en el menor número de movimientos posible. Como nunca hay más de una mazmorra vacía a la vez a la que poder trasladarse, los movimientos pueden registrarse de esta sencilla manera: 3—2—1—6, y así sucesivamente.