Una compañía de peregrinos reunida por azar, en camino hacia el santuario de santo Tomás Becket en Canterbury, se encontró en la antigua posada del Tabard, más tarde llamada el Talbot, en Southwark, y el hosco anfitrión propuso que debían amenizar el viaje contando cada uno un cuento a sus compañeros de peregrinación.
Como todos sabemos, este fue el origen de los inmortales Cuentos de Canterbury de nuestro gran poeta del siglo XIV, Geoffrey Chaucer.
Desafortunadamente, los cuentos nunca se completaron, y quizás por esa razón los pintorescos y curiosos «Pasatiempos de Canterbury», ideados y propuestos por el mismo grupo de peregrinos, tampoco fueron registrados por la pluma del poeta. Esto es muy de lamentar, ya que Chaucer, quien, como nos dice Leland, era un «ingenioso matemático» y el autor de un docto tratado sobre el astrolabio, estaba singularmente capacitado para proponer problemas.
Al presentar por primera vez algunos de estos acertijos del viejo mundo, no me detendré a explicar el modo singular en que llegaron a mi poder, sino que procederé de inmediato, sin preámbulos innecesarios, a dar a mis lectores la oportunidad de resolverlos y poner a prueba su calidad. Ciertamente existen pasatiempos mucho más difíciles, pero la dificultad y el interés son dos cualidades del mundo de los acertijos que no siempre van de la mano.