Ocurría con demasiada frecuencia, según Plutarco, que los diputados de las ciudades más fuertes amedrentaban y corrompían a los de las más débiles; y que el juicio se inclinaba en favor del partido más poderoso.
Aun en medio de guerras defensivas y peligrosas contra Persia y Macedonia, los miembros nunca actuaron de común acuerdo y fueron, en mayor o menor medida, eternamente los engañados o los mercenarios del enemigo común. Los intervalos de guerra extranjera se llenaban con vicisitudes domésticas, conmociones y carnicería.
Tras la conclusión de la guerra con Jerjes, parece ser que los lacedemonios exigieron que varias de las ciudades fuesen expulsadas de la confederación por la conducta desleal que habían observado. Los atenienses, al percatarse de que los lacedemonios perderían menos partidarios que ellos con tal medida y se apoderarían de las deliberaciones públicas, se opusieron con vigor y frustraron el intento.
Este fragmento de la historia prueba al mismo tiempo la ineficacia de la unión, la ambición y los celos de sus miembros más poderosos, y la condición dependiente y degradada del resto. Los miembros más pequeños, aunque con derecho según la teoría de su sistema a girar con igual orgullo y majestad en torno al centro común, se habían convertido, de hecho, en satélites de los orbes de primera magnitud.
De haber sido los griegos, dice el abate Milot, tan prudentes como valientes, la experiencia les habría advertido de la necesidad de una unión más estrecha, y habrían aprovechado la paz que siguió a su éxito contra las armas persas para instaurar dicha reforma.
En lugar de esta política evidente, Atenas y Esparta, infladas con las victorias y la gloria que habían adquirido, se convirtieron primero en rivales y luego en enemigas; y se hicieron mutuamente mucho más daño del que habían sufrido por parte de Jerjes.