Buscar la continuación de la armonía entre varias soberanías independientes y desconectadas en un mismo vecindario sería desatender el curso uniforme de los acontecimientos humanos y desafiar la experiencia acumulada de los siglos.
Las causas de la hostilidad entre las naciones son innumerables. Hay algunas que ejercen una acción general y casi constante sobre los cuerpos colectivos de la sociedad. De esta índole son el amor al poder o el deseo de preeminencia y dominio; los celos de poder, o el deseo de igualdad y seguridad. Hay otras que tienen una influencia más circunscrita aunque igualmente operante dentro de sus esferas. Tales son las rivalidades y competencias comerciales entre las naciones mercantiles. Y hay otras, no menos numerosas que cualquiera de las anteriores, que tienen su origen enteramente en pasiones privadas; en los afectos, enemistades, intereses, esperanzas y temores de individuos influyentes en las comunidades de que forman parte. Los hombres de esta clase, ya sean los favoritos de un rey o de un pueblo, han abusado en demasiadas ocasiones de la confianza de que gozaban; y, bajo el pretexto de algún motivo público, no han tenido escrúpulo en sacrificar la tranquilidad nacional en pro de su ventaja o su satisfacción personal.
El célebre Pericles, para satisfacer el resentimiento de una prostituta,(1) a costa de mucha sangre y riqueza de sus compatriotas, atacó, venció y destruyó la ciudad de los SAMIOS.
El mismo hombre, estimulado por un resentimiento privado contra los MEGARENSES,(2) otra nación de Grecia, o para evitar un proceso con el que era amenazado como cómplice de un supuesto robo de las estatuas de Fidias,(3) o para librarse de las acusaciones que se le preparaban por disipar los fondos del Estado en la compra de popularidad,(4) o por una combinación de todas estas causas, fue el autor originario de aquella famosa y fatal guerra, distinguida en los anales griegos con el nombre de la guerra del PELOPONESO; la cual, tras varias vicisitudes,