con la que la gente suele desprenderse del dinero para fines que han sobrevivido a las urgencias que los produjeron y que interfieren con la satisfacción de necesidades inmediatas. Los retrasos, sea cual fuere su causa, generarían quejas, recriminaciones y disputas.
No hay, quizás, nada más propenso a perturbar la tranquilidad de las naciones que el verse obligadas a contribuciones mutuas para cualquier objetivo común que no produzca un beneficio igual y coincidente. Pues es una observación, tan cierta como trillada, que no hay nada sobre lo que los hombres discutan con tanta facilidad como sobre el pago de dinero.
Las leyes que violan los contratos privados, en la medida en que equivalen a agresiones contra los derechos de aquellos Estados cuyos ciudadanos resultan perjudicados por ellas, pueden considerarse como otra fuente probable de hostilidad.
No estamos autorizados a esperar que en el futuro un espíritu más liberal o más equitativo presida las legislaciones de los Estados individuales, si no están refrenadas por ningún control adicional, de lo que hemos visto hasta ahora deshonrar en demasiados casos a sus respectivos códigos.
Hemos observado la disposición a las represalias suscitada en Connecticut como consecuencia de las enormidades perpetradas por la Legislatura de Rhode Island; e inferimos razonablemente que, en casos similares, bajo otras circunstancias, una guerra, no de PERGAMINO, sino de espada, castigaría tales atroces violaciones de la obligación moral y de la justicia social.
La probabilidad de alianzas incompatibles entre los diferentes Estados o confederaciones y distintas naciones extranjeras, y los efectos de esta situación sobre la paz del conjunto, han sido suficientemente desarrollados en algunos artículos precedentes. De la perspectiva que han ofrecido sobre esta parte del tema, debe extraerse esta conclusión: que