Aún no se ha olvidado que los temores bien fundamentados de un peligro inminente indujeron al pueblo de América a formar el memorable Congreso de 1774. Aquel organismo recomendó ciertas medidas a sus constituyentes, y el acontecimiento demostró su sabiduría; sin embargo, aún está fresco en nuestra memoria cuán pronto la prensa comenzó a rebosar de opúsculos y gacetas semanales en contra de esas mismas medidas.
No solo muchos de los funcionarios del gobierno, que obedecían a los dictados del interés personal, sino otros, por un cálculo erróneo de las consecuencias, o por la influencia indebida de antiguos afectos, o cuya ambición apuntaba a objetivos que no se correspondían con el bien público, fueron incansables en sus esfuerzos por persuadir al pueblo de que rechazara los consejos de aquel Congreso patriótico. Muchos, en verdad, fueron engañados y seducidos, pero la gran mayoría del pueblo razonó y decidió juiciosamente; y felices son al reflexionar que así lo hicieron.
Consideraban que el Congreso estaba compuesto por muchos hombres sabios y experimentados. Que, habiendo sido convocados de diferentes partes del país, traían consigo y se comunicaban mutuamente una variedad de información útil. Que, en el transcurso del tiempo que pasaban juntos investigando y discutiendo los verdaderos intereses de su país, debían haber adquirido un conocimiento muy preciso al respecto. Que estaban individualmente interesados en la libertad y la prosperidad públicas y que, por tanto, no era menos su inclinación que su deber recomendar únicamente aquellas medidas que, tras la más madura deliberación, creyeran realmente prudentes y aconsejables.
Estas y similares consideraciones indujeron entonces al pueblo a confiar grandemente en el juicio y la integridad del Congreso; y siguieron su consejo, a pesar de las diversas artes y esfuerzos empleados para disuadirles de ello.