eludir las desventajas de su situación geográfica y participar de las ventajas de sus vecinos más afortunados.
Cada Estado, o confederación separada, seguiría un sistema de política comercial propio. Esto daría lugar a distinciones, preferencias y exclusiones que engendraría descontento. Los hábitos de intercambio, sobre la base de privilegios iguales a los que nos hemos acostumbrado desde los primeros asentamientos del país, agudizarían esos motivos de descontento más de lo que naturalmente lo harían al margen de esta circunstancia.
DEBEMOS ESTAR DISPUESTOS A DENOMINAR INJURIAS AQUELLAS COSAS QUE FUERON EN REALIDAD LOS ACTOS JUSTIFICABLES DE SOBERANÍAS INDEPENDIENTES QUE CONSULTABAN UN INTERÉS DISTINTO.
El espíritu de empresa, que caracteriza a la parte comercial de América, no ha desaprovechado ninguna ocasión para manifestarse. No es en absoluto probable que este espíritu desenfrenado respetara mucho aquellas reglamentaciones comerciales mediante las cuales los distintos Estados pudieran esforzarse en asegurar beneficios exclusivos a sus propios ciudadanos. Las infracciones de estas reglamentaciones, por un lado, y los esfuerzos para prevenirlas y reprimirlas, por el otro, conducirían naturalmente a ultrajes, y estos a represalias y guerras.
Las oportunidades que algunos Estados tendrían de convertir a otros en tributarios suyos mediante regulaciones comerciales serían soportadas con impaciencia por los Estados tributarios. La situación relativa de Nueva York, Connecticut y Nueva Jersey ofrecería un ejemplo de este tipo.
Nueva York, por las necesidades de sus ingresos, debe imponer aranceles a sus importaciones. Una gran parte de estos aranceles debe ser pagada por