descendiente de los mismos antepasados, que habla el mismo idioma, profesa la misma religión, está apegado a los mismos principios de gobierno, es muy similar en sus maneras y costumbres, y que, mediante sus consejos, armas y esfuerzos conjuntos, luchando codo a codo a lo largo de una larga y sangrienta guerra, ha establecido noblemente la libertad general y la independencia.
Este país y este pueblo parecen haber sido echos el uno para el otro, y parece como si hubiera sido el diseño de la Providencia, que una herencia tan apropiada y conveniente para una banda de hermanos, unidos entre sí por los lazos más fuertes, no debiera ser dividida jamás en una serie de soberanías insociables, celosas y ajenas.
Sentimientos similares han prevalecido hasta ahora entre todos los órdenes y denominaciones de hombres entre nosotros. Para todos los fines generales hemos sido uniformemente un solo pueblo, disfrutando cada ciudadano individual en todas partes de los mismos derechos, privilegios y protección nacionales. Como nación hemos hecho la paz y la guerra; como nación hemos vencido a nuestros enemigos comunes; como nación hemos formado alianzas, y hecho tratados, y celebrado varios pactos y convenciones con estados extranjeros.
Un fuerte sentimiento del valor y las bendiciones de la unión indujo al pueblo, en una época muy temprana, a instituir un gobierno federal para preservarla y perpetuarla.
La formaron casi tan pronto como tuvieron una existencia política; es más, en un momento en que sus hogares estaban en llamas, en que muchos de sus ciudadanos sangraban y en que el avance de las hostilidades y la desolación dejaba poco margen para aquellas investigaciones y reflexiones serenas y maduras que siempre deben preceder a la formación de un gobierno sabio y bien equilibrado para un pueblo libre.