La última guerra habida entre Gran Bretaña y España brotó de los intentos de los comerciantes británicos por llevar a cabo un comercio ilícito con el continente americano español. Estas prácticas injustificables por su parte produjeron por parte de los españoles una severidad hacia los súbditos de la Gran Bretaña que no era más justificable, porque sobrepasaban los límites de una justa represalia y eran imputables de inhumanidad y crueldad.
Muchos de los ingleses que fueron capturados en la costa española fueron enviados a trabajar en las minas de Potosí; y por el curso habitual de un espíritu de resentimiento, los inocentes fueron, al cabo de un tiempo, confundidos con los culpables en un castigo indiscriminado.
Las quejas de los comerciantes encendieron una violenta llama en toda la nación, la cual estalló poco después en la Cámara de los Comunes y se comunicó desde ese cuerpo al ministerio. Se concedieron cartas de represalia y se desencadenó una guerra que, en sus