A veces he pensado que, por oscuros y caóticos que sean, deben su forma actual a mí, su descifrador. Como si entregáramos a otro artista los fragmentos pintados que componen la copia en mosaico de la Transfiguración de Rafael en San Pedro; él los ensamblaría en una forma cuyo modo estaría moldeado por su propio talento y mente particulares. Sin duda, las hojas de la Sibila de Cumas han sufrido distorsión y una merma de interés y excelencia en mis manos. Mi única excusa para transformarlas de este modo es que eran ininteligibles en su estado original.
Mis trabajos han alegrado largas horas de soledad, y me han sacado de un mundo que ha apartado de mí su otrora benévolo rostro, para llevarme a otro que resplandece de imaginación y poder.
¿Preguntarán mis lectores cómo pude encontrar consuelo en la narración de la miseria y el doloroso cambio? Este es uno de los misterios de nuestra naturaleza, que ejerce un dominio absoluto sobre mí y de cuya influencia no puedo escapar.
Confieso que no me ha dejado indiferente el desarrollo del relato; y que me he sentido deprimido, qué digo, angustiado, ante ciertas partes de lo que he transcrito fielmente de mis materiales. Con todo, tal es la naturaleza humana, que la agitación mental me resultaba querida, y que la imaginación —pintora de tempestades y terremotos o, peor aún, de las pasiones tormentosas y cargadas de ruina del hombre— suavizó mis pesares reales y mis interminables pesadumbres al revestir estas desgracias ficticias de esa idealidad que le arranca el aguijón mortal al dolor.
Apenas sé si esta apología es necesaria. Pues los méritos de mi adaptación y traducción deben decidir hasta qué punto he empleado bien mi tiempo y mis imperfectas facultades al dar forma y sustancia a las frágiles y tenues Hojas de la Sibila.