Codal
nydus/The Last ManPublic
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II

Mi enemigo y yo aún forcejeábamos, cuando el herido exclamó: «¡El conde!». Me zafé del férreo abrazo del celador, jadeando por el esfuerzo; lancé miradas furiosas a mis perseguidores y, colocándome de espaldas a un árbol, resolví defenderme hasta el final.

Mis ropas estaban desgarradas y, al igual que mis manos, manchadas con la sangre del hombre al que había herido; una mano aferraba los pájaros muertos —mi dura presa—, la otra sostenía el cuchillo; mi cabello estaba enmarañado; mi rostro, embarrado con las mismas señales de culpabilidad que testificaban en mi contra en el instrumento goteante que apretaba; todo mi aspecto era demacrado y mísero.

Alto y musculoso como era en mi complexión, debí de haber parecido lo que en verdad era, el más ruin criminal que jamás hubiera pisado la tierra.

El nombre del conde me sobresaltó, e hizo que toda la sangre indignada que calentaba mi corazón acudiera a mis mejillas; nunca antes lo había visto; me imaginaba a un joven altanero y presuntuoso que me pediría cuentas, si es que se dignaba a hablarme, con toda la arrogancia de la superioridad. Mi respuesta estaba lista; un reproche que consideraba capaz de herirle en lo más hondo del corazón. Él se acercó entretanto; y su aspecto disipó, con un suave soplo de poniente, mi nublada cólera: un muchacho alto, esbelto y rubio, con una fisonomía expresiva del colmo de la sensibilidad y el refinamiento, se hallaba ante mí; los rayos del sol matutino teñían de oro su cabello sedoso y extendían luz y gloria sobre su radiante rostro. —¿Cómo es esto? —exclamó. Los hombres comenzaron a defenderse con entusiasmo; él los hizo a un lado diciendo:—¿Dos contra un simple muchacho a la vez?, ¡qué

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