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nydus/The Last ManPublic
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I. El último hombre

trigales mostraban señales de las esperanzas vivas del labrador, la labor se había abandonado a mitad de camino, el mayoral había muerto junto al arado; los caballos habían abandonado el surco y ningún sembrador se había acercado a los muertos; el ganado, sin cuidado, deambulaba por los campos y los caminos; los apacibles habitantes del corral, privados de su alimento diario, se habían vuelto montaraces; los corderitos nacían en los jardines de flores, y la vaca se estabulaba en la sala de recreo. Enfermiza y escasa, la gente del campo ni salía a sembrar ni a cosechar; sino que vagaba por los prados o yacía bajo los setos, cuando el clima inclemente no los obligaba a guarecerse bajo el techo más cercano. Muchos de los que quedaban se aislaban; algunos habían almacenado provisiones que debían evitar la necesidad de abandonar sus hogares; algunos abandonaron a esposa e hijo, y se imaginaron que aseguraban su salvación en la más absoluta soledad. Tal había sido el plan de Ryland, y fue hallado muerto y medio devorado por los insectos, en una casa a muchas millas de cualquier otra, con montones de comida acumulada en inútil superfluidad. Otros hicieron largos viajes para reunirse con aquellos a quienes amaban, y llegaron para hallarlos muertos.

Londres no contenía más de mil habitantes; y este número disminuía continuamente. La mayoría de ellos eran campesinos venidos en busca de un cambio; los londinenses habían buscado el campo. La ajetreada parte oriental de la ciudad estaba en silencio, o a lo sumo solo se veía dónde, la mitad por codicia, la mitad por curiosidad, los almacenes habían sido más saqueados que expoliados: fardos de ricos productos de la India, chales valiosos, joyas y especias, desempacados, alfombraban los suelos. En algunos lugares, el dueño había montado guardia sobre sus reservas hasta el último momento, y había muerto ante las puertas trancadas. Los macizos portones de las iglesias oscilaban chirriantes sobre sus goznes; y unos pocos yacían muertos en el pavimento. La infeliz mujer, desamorada víctima de la vulgar brutalidad, había vagado hasta el tocador de la belleza aristocrática y, ataviada con ropajes de esplendor, había muerto ante el espejo que reflejaba solo para ella su aspecto

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