Al principio, su madre trató sus teorías como los desvaríos descabellados de la inexperiencia. Pero estaban tan sistemáticamente ordenadas, y sus argumentos tan bien respaldados, que, aunque todavía en apariencia incrédula, comenzó a temerle. Intentó razonar con él y, al encontrarlo inflexible, aprendió a odiarlo.
Curioso es decirlo, este sentimiento era contagioso.
Su entusiasmo por el bien que no existía; su desprecio por la santidad de la autoridad; su ardor y su imprudencia se encontraban en las antípodas de la rutina habitual de la vida; los mundanos le temían; los jóvenes e inexpertos no comprendían la elevada severidad de sus puntos de vista morales, y le rechazaban por ser un ser diferente a ellos mismos.
Evadne acogió con frialdad sus sistemas. Pensaba que hacía bien en hacer valer su propia voluntad, pero habría deseado que esa voluntad hubiera sido más comprensible para la multitud. No tenía nada del espíritu de una mártir, y no se inclinaba a compartir la vergüenza y la derrota de un patriota caído.
Era consciente de la pureza de sus motivos, de la generosidad de su carácter, de su sincero y ardiente afecto hacia ella; y le tenía un gran cariño. Él le devolvía este espíritu de bondad con la más tierna gratitud y la convirtió en el cofre de todos sus esperanzas.
En este momento lord Raymond regresó de Grecia. No podía haber dos personas más opuestas que Adrian y él. Con todas las incongruencias de su carácter, Raymond era enfáticamente un hombre de mundo. Sus pasiones eran violentas; como estas a menudo se adueñaban de él, no siempre lograba ajustar su conducta a la línea evidente de su propio interés, pero la autorrealización era, al menos, su objetivo supremo.