Codal
nydus/The Last ManPublic
Page 34 of 658
Table of Contents

II

Me desprende, pensé; pero sabrá que yo lo desprecio a él, y que tengo en igual menosprecio sus castigos y su clemencia. La segunda noche después de mi liberación, los guardabosques volvieron a apresarme; volví a ser encarcelado y vuelto a poner en libertad; y de nuevo, tal era mi terquedad, la cuarta noche me encontró en el parque prohibido.

Los guardabosques estaban más indignados que su señor por mi obstinación. Habían recibido órdenes de que, si volvían a capturarme, me llevaran ante el conde; y la lenidad de este les hacía esperar un desenlace que consideraban poco acorde con mi delito. Uno de ellos, que desde el principio había sido el cabecilla de los que me habían apresado, resolvió saciar su propio resentimiento antes de entregarme a las altas instancias.

La tardía puesta de la luna, y la extrema precaución que me vi obligado a emplear en esta, mi tercera expedición, consumieron tanto tiempo, que algo parecido a un sobresalto de temor se apoderó de mí cuando percibí que la oscura noche cedería ante el crepúsculo.

Me arrastré junto al helecho, a gatas, buscando los sombríos escondites del sotobosque, mientras las aves despertaban con indeseado canto allá arriba, y el fresco viento matutino, jugando entre las ramas, me hacía sospechar un paso a cada vuelta.

Mi corazón latía deprisa al acercarme a las empalizadas; mi mano estaba en una de ellas, un salto me llevaría al otro lado, cuando dos guardas saltaron de una emboscada sobre mí: uno me tiró al suelo y procedió a propinarme una severa paliza con una fusta. Me incorporé⁠—tenía un cuchillo en la mano; lancé una estocada a su brazo derecho levantado y le infundí una herida profunda y ancha en la mano. La furia y los gritos del herido, las maldiciones aulladas por su camarada, a las que respondí con igual amargura y furia, resonaron por el valle; la mañana rompía cada vez más, mal acorde en su celestial belleza con nuestra bestial y ruidosa contienda.

34