aristocrática dama siguiera siendo tan implacable conmigo. La edad y las preocupaciones habían surcado sus mejillas y encorvado su figura; pero su mirada seguía siendo viva, sus modales imperiosos e inalterados; recibió a su hija fríamente, pero mostró más sentimiento al envolver a sus nietos en sus brazos. Está en nuestra naturaleza desear transmitir nuestros sistemas y pensamientos a la posteridad a través de nuestra propia descendencia. La condesa había fracasado en este propósito respecto a sus hijos; tal vez esperaba encontrar más dócil al siguiente grado de parentesco. Una vez que Idris me mentó casualmente —un ceño fruncido, un gesto convulsivo de ira, sacudieron a su madre, y, con voz temblorosa de odio, dijo—: «Poco valgo en este mundo; los jóvenes están impacientes por empujar a los viejos fuera de escena; pero, Idris, si no deseas ver a tu madre expirar a tus pies, no vuelvas a nombrarme a esa persona; todo lo demás puedo soportarlo; y ahora estoy resignada a la destrucción de mis más anheladas esperanzas: pero es demasiado exigir que ame al instrumento con el que la providencia dotó de propiedades homicidas para mi destrucción».
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II. La Emigración
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