Codal
nydus/The Last ManPublic
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V

objetivos presentes. Vino a Windsor a consultarnos. Cada día se sumaba a sus dificultades; la llegada de nuevos barcos con emigrantes, el cese total del comercio, la multitud hambrienta que se agolpaba en torno al palacio del Protectorado, eran circunstancias con las que no se podía jugar. El golpe fue dado; la aristocracia obtuvo todo lo que deseaba, y suscribió un proyecto de ley por doce meses, que imponía un gravamen del veinte por ciento sobre todos los catastros del país. La calma quedó restablecida en la metrópoli y en las ciudades pobladas, antes llevadas a la desesperación; y volvimos a considerar las calamidades distantes, preguntándonos si el futuro traería algún alivio a sus excesos. Era agosto; así que cabía pocas esperanzas de alivio durante los calores. Por el contrario, la enfermedad ganó virulencia, mientras la hambruna hacía su labor habitual. Miles murieron sin lamento; pues junto al cadáver aún caliente yacía estirado el doliente, enmudecido por la muerte.

El dieciocho de este mes llegó a Londres la noticia de que la peste estaba en Francia e Italia. Estas nuevas se cuchicheaban al principio por la ciudad; pero nadie se atrevía a expresar en voz alta la terrible noticia que helaba el alma. Cuando alguien se encontraba con un amigo en la calle, se limitaba a exclamar mientras se apresuraba: «¡Ya lo sabes!», mientras que el otro, con una exclamación de miedo y horror, respondía: «¿Qué va a ser de nosotros?». Por fin se mencionó en los periódicos. El párrafo iba insertado en un lugar poco visible: «Lamentamos afirmar que ya no cabe duda de que la peste se ha introducido en Llivorna, Génova y Marsella». No le siguió ninguna palabra de comentario; cada lector hizo el suyo, lleno de temor. Éramos como el hombre que oye que su casa se está quemando y, sin embargo, se apresura por las calles, llevado por la esperanza oculta de que sea un error, hasta que dobla la esquina y ve su

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