agravió al mío; su padre, inexpugnable en su trono, se atrevía a despreciar a aquel que solo se inclinó por debajo de su propia altura cuando se dignó codearse con el ingrato real. Nosotros, descendientes del uno y del otro, debemos ser enemigos también. ¡Él comprobará que puedo sentir mis agravios; aprenderá a temer mi venganza!
Pocos días después de su llegada. Todos los habitantes de la cabaña más miserable fueron a engrosar la corriente de población que se derramaba para recibirlo; incluso Perdita, a pesar de mi reciente filípica, se acercó furtivamente al camino real para contemplar a este ídolo de todos los corazones.
Yo, medio loco, al tropezarme con grupos y más grupos de lugareños con sus mejores galas dominicales que bajaban de las colinas, hube de huir hacia sus cumbres cubiertas de niebla y, contemplando las estériles rocas a mi alrededor, exclamé: «¡Ellos no gritan: "¡Viva el conde!"!».
Tampoco, cuando llegó la noche, acompañada de una llovizna helada, quise regresar a casa; pues sabía que en cada cabaña resonaban las alabanzas a Adrián; y mientras sentía que mis miembros se adormecían y enfriaban, mi dolor servía de alimento a mi insensata aversión; es más, casi me regodeaba en él, puesto que parecía proporcionarme motivo y excusa para mi odio hacia mi indiferente adversario.
Todo se le atribuía a él, pues confundía de tal modo la idea de padre e hijo, que olvidaba que este último podía ser totalmente ajeno al desprecio que su progenitor nos tenía; y mientras me golpeaba la cabeza dolorida con la mano, exclamé:
«¡Ya se enterará de esto! ¡Me vengaré! ¡No sufriré como un perro! ¡Sabrá, por mendigo y desamparado que sea, que no me someteré mansamente a la injuria!».
Cada día, cada hora añadía a estas ofensas exageradas.