dos en dos y de tres en tres; el hombre, el individuo que podía dormir, despertar y realizar funciones animales; pero el hombre, débil en sí mismo, aunque más poderoso en números congregados que el viento o el océano; el hombre, el domador de los elementos, el señor de la naturaleza creada, el igual a los semidioses, ya no existía.
¡Adiós a la escena patriótica, al amor por la libertad y al merecido galardón de la virtuosa aspiración!—¡adiós al concurrido senado, vibrante con los consejos de los sabios, cuyas leyes eran más agudas que la hoja de espada templada en Damasco!—¡adiós a la pompa real y a la parafernalia guerrera; las coronas están en el polvo, y quienes las llevaban yacen en sus tumbas!—¡adiós al deseo de gobernada autoridad y a la esperanza de victoria; a la ambición desmedida, al apetito de alabanza y al anhelo por el sufragio de sus semejantes!
¡Las naciones ya no existen! Ningún senado sesiona en consejo por los muertos; ningunos vástagos de una dinastía venerada por el tiempo jadean por gobernar a los habitantes de un osario; la mano del general está fría, y el soldado tiene su tumba cavada a destiempo en sus campos nativos, deshonrado, aunque en su juventud. El mercado está vacío, el candidato al favor popular no halla a nadie a quien representar.
¡A las cámaras de estado pintadas, adiós!—¡A la algarabía de medianoche y a la jadeante emulación de la belleza, a los costosos vestidos y festejos de cumpleaños, al título y a la coronilla dorada, adiós!
Adiós a los gigantescos poderes del hombre—al saber que podía guiar la barca de gran calado a través de las aguas opuestas de un océano sin orillas—, a la ciencia que dirigía el globo de seda por el aire sin caminos—, al poder capaz de poner una barrera a las poderosas aguas y poner en movimiento ruedas, vigas y vasta maquinaria, ¡que podía partir rocas de granito o mármol y hacer llanos los montes!
Adiós a las artes—a la elocuencia, que es para la mente humana como los vientos para el mar, que lo agitan y luego lo aquietan;—adiós a la poesía y