“Oh, no temas —continuó—, ¡no temas que abrigue alguna esperanza! Y dime, sin embargo, ¿le has hallado? Tenerlo una vez más en mis brazos, verle, por muy cambiado que esté, es todo lo que deseo. Aunque Constantinopla se amontone sobre él como una tumba, aun así debo encontrarlo; luego cubridnos con el peso de la ciudad, con una montaña amontonada encima; no me importa, con tal de que una sola tumba acoja a Raymond y a su Perdita”. Después, llorando, se aferró a mí: “Llévame con él —exclamó—, cruel Lionel, ¿por qué me retienes aquí? Por mí misma no puedo encontrarlo, pero tú sabes dónde yace; guíame hasta allí”.
Al principio, estos dolientes lamentos me llenaron de una compasión intolerable. Pero pronto me esforcé por extraer paciencia para ella a partir de las ideas que sugería.
Le conté mis aventuras de la noche, mis esfuerzos por encontrar a nuestro ser querido y mi desatino. Al desviar sus pensamientos hacia este camino, les di un propósito que los rescató de la locura. Con aparente calma, discutió conmigo el lugar probable donde podía ser hallado y planeó los medios que debíamos emplear para tal fin.
Luego, al enterarse de mi fatiga y mi ayuno, ella misma me trajo comida. Aproveché el momento propicio y traté de despertar en ella algo más allá del letargo aniquilador del dolor. Mientras hablaba, el tema me arrastró; una profunda admiración; el dolor, vástago del afecto más sincero, el desborde de un corazón estallando en simpatía por todo lo que había sido grande y sublime en la carrera de mi amigo, me inspiraron mientras yo derramaba las alabanzas de Raymond.
«¡Ay de nosotros —exclamé—, que hemos perdido este último honor del mundo! ¡Amado Raymond! Se ha ido a las naciones de los muertos; ha pasado a ser uno de aquellos que hacen ilustre la oscura morada de la fosa anónima al habitar en ella. Ha emprendido el camino que conduce a