Yo, el mayor de los dos, tenía cinco años cuando murió mi madre.
El recuerdo de las conversaciones de mis padres, y las comunicaciones que mi madre se esforzó por grabarme en la mente acerca de los amigos de mi padre, con la ligera esperanza de que algún día pudiera obtener beneficio de ese conocimiento, flotaba como un sueño impreciso por mi cerebro.
Me figuraba que era diferente y superior a mis protectores y compañeros, pero no sabía cómo ni por qué. La sensación de injusticia, asociada con el nombre de rey y noble, se aferraba a mí; pero no podía sacar ninguna conclusión de tales sentimientos que me sirviera de guía para la acción.
Mi primer conocimiento real de mí mismo fue como huérfano desamparado entre los valles y colinas de Cumberland.
Estaba al servicio de un granjero; y con el cayado en la mano, mi perro a mi lado, pastoreaba un numeroso rebaño en las tierras altas cercanas.
No puedo decir mucho en alabanza de tal vida; y sus penas superaban con creces a sus placeres. Había en ella libertad, compañerismo con la naturaleza y una soledad temerosa; pero estas cosas, por muy románticas que fuesen, no se condecían con el amor por la acción y el deseo de simpatía humana, característicos de la juventud.
Ni el cuidado de mi rebaño, ni el cambio de estaciones, bastaban para domar mi espíritu impaciente; mi vida al aire libre y mi tiempo desocupado fueron las tentaciones que me arrastraron temprano a hábitos anárquicos.