más fría reserva. Una sensación en ella se convertía en sentimiento, y nunca hablaba hasta haber mezclado sus percepciones de los objetos exteriores con otras nacidas de su propio interior. Era como un suelo fértil que absorbía las brisas y los rocíos del cielo, para devolverlos a la luz en las más hermosas formas de frutos y flores; pero al mismo tiempo era a menudo oscuro y agreste como ese mismo suelo, removido y sembrado de nuevo
Ella habitaba en una casita cuyo césped bien cuidado descendía hasta las aguas del lago Ullswater; un hayero se extendía colina arriba por detrás, y un arroyo cristalino que caía suavemente desde la pendiente corría entre orillas cubiertas de álamos hacia el lago.
Yo vivía con un agricultor cuya casa había sido construida más arriba, entre los montes: un risco oscuro se alzaba a su espalda y, expuesta al norte, la nieve permanecía en sus grietas durante todo el verano. Antes del alba conducía mi rebaño a los pastizales y lo vigilaba durante el día.
Era una vida de fatiga, pues la lluvia y el frío eran más frecuentes que el sol, pero era mi orgullo desafiar a los elementos. Mi fiel perro vigilaba las ovejas mientras yo me escapaba al punto de encuentro de mis camaradas y, desde allí, a la realización de nuestros planes.
A mediodía nos reuníamos de nuevo, y despreciábamos con desdén nuestra comida de campesinos mientras construíamos nuestro fogón y encendíamos la alegre llama destinada a cocinar la caza robada en los cotos vecinos. Luego venían los relatos de huidas milagrosas, combates con perros, emboscadas y fugas, mientras, al estilo de los gitanos, rodeábamos nuestra olla.
La búsqueda de un cordero descarriado, o las estratagemas con las que eludíamos o intentábamos eludir el castigo, llenaban las horas de la tarde; al anochecer mi rebaño iba a su redil, y yo a junto a mi hermana.