Hasta entonces, mis hábitos salvajes no me habían causado ningún daño radical; mis facultades físicas habían crecido y florecido bajo su influencia, y mi mente, sometida a la misma disciplina, estaba imbuida de todas las virtudes recias. Pero ahora mi jactanciosa independencia me incitaba a diario a actos de tiranía, y la libertad se estaba convirtiendo en libertinaje. Me hallaba en el umbral de la edad varonil; pasiones, fuertes como los árboles de un bosque, habían echado ya raíces en mi interior y se disponían a ensombrecer con su crecimiento nocivo mi senda vital.
Ansiaba empresas más allá de mis hazañas infantiles y concebía sueños enfermizos de acciones futuras. Evité a mis antiguos compañeros y pronto los perdí. Llegaron a la edad en que eran enviados a cumplir con los destinos que la vida les tenía reservados; mientras que yo, un pariente marginado, sin nadie que me guiara o empujara hacia adelante, me detuve.
Los ancianos empezaron a señalarme como un ejemplo, los jóvenes a mirarme con asombro como a un ser distinto de ellos; los odiaba y comencé, última y peor degradación, a odiarme a mí mismo. Me aferraba a mis hábitos feroces, aunque medio los desdeñaba; continuaba mi guerra contra la civilización y, sin embargo, abrigaba el deseo de pertenecer a ella.
Una y otra vez leí en mi memoria todo lo que mi madre me había contado sobre la vida pasada de mi padre; contemplé los escasos recuerdos que poseía de él, los cuales denotaban un refinamiento mayor del que podía hallarse en las cabañas de la montaña; pero nada de todo esto me sirvió de guía para conducirme a otro modo de vida más apacible. Mi padre había estado vinculado a la nobleza, pero todo lo que yo sabía de tal vínculo era un posterior abandono. El nombre del rey —aquel a