Me esforcé en pensar que toda aquella grandeza no era sino una infamia más descarada, y que, al plantar su estandarte tejido de oro junto a mi bandera manchada y harapienta, él no proclamaba su superioridad, sino su bajeza. Aun así, le envidiaba. Su criadero de hermosos caballos, sus armas de costosa factura, la alabanza que le acompañaba, la adoración, el servidor sumiso, el alto puesto y la alta estima—lo consideraba todo arrebatado a la fuerza de mis manos, y se lo envidiaba con una amargura nueva y atormentadora.
Para colmo de mi vejación espiritual, Perdita, la visionaria Perdita, pareció despertar a la vida real con éxtasis cuando me dijo que el conde de Windsor estaba a punto de llegar.
—¿Y esto te complace? —observé, de mal humor.
—Así es en verdad, Lionel —respondió ella—; ardo en deseos de verle; es el descendiente de nuestros reyes, el primer noble del país: todos le admiran y le quieren, y dicen que su rango es su menor mérito; es generoso, valiente y afable.
—Has aprendido una hermosa lección, Perdita —le dije—, y la repites de manera tan literal que al mismo tiempo olvidas las pruebas que tenemos de las virtudes del conde; su generosidad con nosotros se manifiesta en nuestra abundancia, su valentía en la protección que nos brinda, su afabilidad en la atención que nos presta. ¿Que su rango es su menor mérito? Vaya, ¡si todas sus virtudes provienen únicamente de su posición!; porque es rico, se le llama generoso; porque es poderoso, valiente; porque está bien servido, es afable. Que lo llamen así, que todo Inglaterra crea que es de ese modo —nosotros lo conocemos—, él es nuestro enemigo—, nuestro enemigo mezquino, cobarde y arrogante; si estuviera dotado de una sola partícula de las virtudes que llamas suyas, obraría con justicia con nosotros, aunque solo fuera para demostrar que, si ha de golpear, no debería hacerlo contra un enemigo caído. Su padre