Entre tanto, Raymond se había quedado con Adrian e Idris. Era franco por naturaleza; la continua ausencia de Perdita y mía se volvió notable; y Raymond pronto halló alivio a la tensión de meses mediante una confianza abierta con sus dos amigos.
Les relató la situación en la que había hallado a Evadne. Al principio, por delicadeza hacia Adrian, ocultó su nombre; pero este se reveló en el curso de su relato, y el antiguo amante de ella escuchó con la más aguda agitación la historia de sus sufrimientos.
Idris había compartido la mala opinión que Perdita tenía de la griega; pero el relato de Raymond la ablandó y despertó su interés. La constancia, la fortaleza, incluso el desdichado e desordenado amor de Evadne, fueron motivo de admiración y piedad; sobre todo cuando, a partir del detalle de los acontecimientos del diecinueve de octubre, resultó evidente que ella prefería el sufrimiento y la muerte a cualquier solicitud, a sus ojos degradante, de la compasión y la ayuda de su amante.
Su conducta posterior no disminuyó este interés. Al principio, librada del hambre y de la tumba, vigilada por Raymond con la más tierna asiduidad, con esa sensación de reposo propia de la convalecencia, Evadne se entregó a una gratitud y un amor arrebatadores.
Pero la reflexión regresó con la salud. Le interrogó acerca de los motivos que habían ocasionado su crucial ausencia. Formuló sus preguntas con sutileza griega; extrajo sus conclusiones con la decisión y la firmeza propias de su carácter. No alcanzaba a adivinar que la brecha que ella había provocado entre Raymond y Perdita era ya irreparable; pero sabía que, bajo el sistema actual, esta se ensancharía cada día, y que su resultado debía ser destruir la felicidad de su amante e implantar los colmillos del remordimiento en su corazón.