princesa de Austria, que se convirtió, como reina de Inglaterra, en la arbistra de la moda, miraba con dureza sus defectos y con desprecio el afecto que su real esposo le profesaba. Mi padre sintió que su caída estaba cerca; pero lejos de aprovechar esta última calma antes de la tormenta para salvarse, procuró olvidar el mal previsto haciendo aún mayores sacrificios a la deidad del placer, árbitro engañoso y cruel de su destino.
El rey, que era un hombre de excelentes inclinaciones, pero de fácil manejo, se había convertido ya en un discípulo dispuesto de su imperiosa consorte.
Fue inducido a mirar con extrema desaprobación, y por fin con fastidio, la imprudencia y las locuras de mi padre. Es verdad que su presencia disipaba estas nubes; su franqueza bondadosa, sus brillantes ocurrencias y su conducta confiada eran irresistibles: solo en la distancia, mientras continuos relatos de sus errores eran vertidos en el oído de su real amigo, perdía su influencia.
La diestra gestión de la reina se empleaba en prolongar estas ausencias y en acumular acusaciones. A la larga, el rey llegó a ver en él una fuente de perpetua zozobra, sabiendo que pagaría el efímero placer de su compañía con tediosas homilías y más dolorosas narraciones de excesos cuya verdad no podía refutar.
El resultado fue que haría un último intento por enmendarlo y, en caso de infructuoso resultado, lo abandonaría para siempre.
Una escena así debió de revestir el más hondo interés y una pasión intensa. Un rey poderoso, destacado por una bondad que hasta entonces le había hecho humildad, y que ahora se mostraba altivo en sus amonestaciones,