La había dejado esta tarde, reposando tras las fatigas de sus preparativos. Clara se sentaba a su lado, contándole un cuento a los dos niños. Los ojos de Idris estaban cerrados; pero Clara percibió un cambio repentino en el aspecto de nuestro querido primogénito: sus pesados párpados velaban sus ojos, un color antinatural ardía en sus mejillas, su respiración se volvió breve. Clara miró a la madre; ella dormía, mas se estreme-ció ante la pausa que hizo la narradora. El miedo a despertarla y alarmarla hizo que Clara siguiera ante la ávida llamada de Evelyn, quien no se daba cuenta de lo que pasaba. Sus ojos se volvieron alternativamente de Alfred a Idris; con acentos temblorosos continuó su relato, hasta que vio que el niño estaba a punto de caer; dando un paso al frente lo atrapó, y su grito despertó a Idris. Ella miró a su hijo. Vio la muerte deslizándose por sus facciones; lo tendió en una cama, le acercó de beber a los labios resecos.
Aun así, podría salvarse. Si yo estuviera allí, podría salvarse; tal vez no era la peste.
Sin un consejero, ¿qué podía hacer ella? ¡quedarse y verle morir! ¿Por qué en ese momento estaba yo ausente?
«Cuida de él, Clara», exclamó, «volveré inmediatamente».
Preguntó entre aquellos que, elegidos como compañeros de nuestro viaje, se habían instalado en nuestra casa; de ellos solo supo que yo había salido con Adrian. Les suplicó que me buscaran; volvió con su hijo, quien se encontraba sumido en un estado de espantoso sopor; de nuevo bajó corriendo; todo estaba oscuro, desierto y silencioso; perdió el control de sí misma; salió a la calle; gritó mi nombre. Tan solo el golpeteo de la lluvia y el aullido del viento le respondieron. El miedo salvaje dio alas a sus pies; se lanzó a buscarme, no sabía dónde; pero, poniendo todos sus pensamientos, toda su energía, todo su ser únicamente en la velocidad, una velocidad de lo más desacertada, ni