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nydus/The Last ManPublic
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I. El nativo de un rincón rodeado por el mar

Si hubiera sido criada en esa esfera de vida a la que por herencia estaba adaptada la delicada estructura de su mente y de su persona, habría sido objeto casi de adoración, pues sus virtudes eran tan eminentes como sus defectos.

Todo el genio que ennobleció la sangre de su padre ilustraba la suya; una marea generosa corría por sus venas; el artificio, la envidia o la mezquindad estaban en las antípodas de su naturaleza; su rostro, cuando se iluminaba con un sentimiento amable, podría haber pertenecido a una reina de naciones; sus ojos eran brillantes; su mirada, intrépida.

Aunque por nuestra situación y nuestros temperamentos estábamos casi igualmente alejados de las formas habituales de trato social, formábamos un marcado contraste el uno con la otra. * Yo siempre necesité los estímulos de la compañía y el aplauso. * Perdita se bastaba a sí misma. A pesar de mis hábitos desordenados, mi carácter era sociable, y el suyo, recluido. Mi vida transcurría entre realidades tangibles, la suya era un sueño. > Podría decirse incluso que amaba a mis enemigos, puesto que al excitarme me otorgaban en cierto modo la felicidad; Perdita casi aborrecía a sus amigos, pues interferían en sus estados de ánimo visionarios. Todos mis sentimientos, incluso los de júbilo y triunfo, se trocaban en amargura si no eran compartidos; Perdita, aun en la alegría, huía a la soledad, y era capaz de pasar los días sin expresar sus emociones ni buscar la empatía de otra mente. Es más, podía amar y recrearse con ternura en la mirada y la voz de un amigo, mientras su actitud expresaba la

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