Él hizo una pausa y se quedó sumido en sus pensamientos. Su semblante serio trajo de nuevo a mi memoria, por alguna asociación de ideas, a la medio olvidada Evadne, y aproveché la ocasión para hacerle preguntas acerca de su extraña suerte. Le pregunté si alguna vez había visto entre las tropas a alguien que se le pareciera; si desde que había regresado a Grecia había tenido noticias de ella.
Él se estremeció al oír su nombre; me miró con inquietud. «Aun así —exclamó—, sabía que hablarías de ella. Durante mucho, mucho tiempo la había olvidado. Desde que acampamos aquí, ella visita mis pensamientos a diario, a cada hora. Cuando me dirigen la palabra, su nombre es el sonido que espero; en toda comunicación, imagino que ella formará parte. Al fin has roto el hechizo; dime lo que sabes de ella».
Relaté mi encuentro con ella; la historia de su muerte fue contada y recontada. Con dolorosa seriedad me preguntó acerca de sus profecías con respecto a él. Las traté como los delirios de una maníaca.
—No, no —dijo—, no te engañes; a mí no puedes. Ella no ha dicho más de lo que ya sabía, aunque esto sea una confirmación. ¡El fuego, la espada y la peste! Todos ellos pueden hallarse en aquella ciudad; ¡que caigan sobre mi cabeza sola!
Desde aquel día la melancolía de Raymond aumentó. Se aislaba tanto como los deberes de su cargo se lo permitían. Cuando estaba en compañía, la tristeza se apoderaba de sus facciones a pesar de todos sus esfuerzos, y se sentaba ausente y mudo entre la multitud atareada que lo abarrotaba. Perdita se reunió con él, y ante ella se esforzaba por parecer alegre, pues ella, como si fuera un espejo, cambiaba a medida que él lo hacía, y si él se mostraba silencioso y ansioso, ella le preguntaba solícita por la causa de su gravedad y se esforzaba en eliminarla.