barca de su vida fuera impulsada por esos vientos, sin añadir la razón como timón ni el juicio como piloto para el viaje. Su origen era oscuro; pero las circunstancias lo llevaron pronto a la notoriedad pública, y su pequeño patrimonio paterno no tardó en disiparse en el espléndido escenario de la moda y el lujo en el que actuaba. Durante los breves años de la juventud irreflexiva, era adorado por los frívolos de alcurnia de la época, y no menos por el joven soberano, quien escapaba de las intrigas de partido y de los arduos deberes de los asuntos reales para hallar un entretenimiento y una alegría de espíritu incesantes en su compañía. Los impulsos de mi padre, jamás bajo su propio control, lo arrastraban continuamente a dificultades de las que solo su ingenio podía sacarlo; y la creciente pila de deudas de honor y comerciales, que habría abrumado hasta hundir a cualquier otro, era soportada por él con espíritu ligero y alegría indómita; al tiempo que su compañía era tan necesaria en las mesas y asambleas de los ricos, que sus faltas se consideraban veniales, y él mismo era recibido con embriagadora lisonja.
Esta clase de popularidad, como cualquier otra, es efímera: y las dificultades de todo tipo con las que tuvo que lidiar aumentaron en una proporción espantosa en comparación con sus escasos medios para salir adelante. En tales momentos acudía el rey en su auxilio, en su arrebato de entusiasmo por él, y luego reprendía afectuosamente a su amigo; mi padre daba las mejores promesas de enmienda, pero su carácter sociable, su avidez por el alimento habitual de la admiración y, más que todo, el demonio del juego, del que estaba completamente poseído, hacían que sus buenas intenciones fuesen fugaces y sus promesas, vanas. Con la agudeza sensible propia de su temperamento, percibió que su poder en el brillante círculo iba en declive. El rey se casó; y la altiva