«Esto es mejor, mamá —dijo Clara—, que estar en ese Londres sombrío, donde a menudo lloras y nunca rías como ahora».—«Calla, pequeña tonta —respondió su madre—, y recuerda que cualquiera que mencione a Londres será castigado con una hora de
Poco después llegó Raymond. No se unió como de costumbre al espíritu juguetón de los demás; sino que, entablando conversación con Adrian y conmigo, poco a poco nos alejamos de nuestros compañeros, y solo Idris y Perdita se quedaron con los niños.
Raymond habló de sus nuevas construcciones; de su plan para una institución destinada a una mejor educación de los pobres; como de costumbre, Adrian y él entablaron una discusión, y el tiempo pasó desapercibido.
Nos reunimos de nuevo hacia el anochecer, e insistió Perdita en que recurriésemos a la música. Quería, según dijo, darnos una muestra de su nueva destreza; pues desde que estaba