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Registro Dos

uniforme antiguo) con placas doradas en el pecho —el número de Estado de cada cual, masculino o femenino—, los Números caminaban despacio, de cuatro en fondo, marcando el paso con exaltación. Yo, nosotros cuatro, éramos tan solo una de las innumerables olas de un caudaloso torrente. A mi izquierda, O-90 (si uno de mis antepasados de larga cabellera estuviera escribiendo esto hace mil años, probablemente la llamaría con esa palabra graciosa, mía), a mi derecha, dos Números desconocidos, una mujer-Número y un varón-Número.

Cielo azul, diminutos solcitos en cada una de nuestras insignias; nuestros rostros están libres de nubes por la insensatez de los pensamientos. Rayos. … ¿Te lo imaginas? Todo parece estar hecho de una especie de sonrisa, de materia semejante a rayos. Y los compases de bronce: Tra-ta-ta-tán. … Tra-ta-ta-tán … marchando sobre los escalones de bronce que centellean bajo el sol; con cada paso asciendes más y más hacia las vertiginosas alturas azules. … Luego, como esta mañana en el muelle, vi de nuevo, como si fuera por primera vez en mi vida, las calles impecablemente rectas, el vidrio reluciente del pavimento, los divinos paralelepípedos de las viviendas transparentes, la armonía cuadrada de las hileras gris-azuladas de los Números. Y me pareció que no las generaciones pasadas, sino yo mismo, había obtenido una victoria sobre el viejo dios y la vieja vida, que yo mismo había creado todo esto. Me sentía como una torre: tenía miedo de mover el codo, no fuera a ser que los paredes, la cúpula y las máquinas se desmoronaran.

Luego, sin previo aviso, un salto a través de los siglos: recordé (por lo visto mediante una asociación por contraste) un cuadro del museo, la pintura de una avenida del siglo veinte, una estruendosa y multicolor confusión de hombres, ruedas, animales, carteles, árboles, colores y pájaros. ⁠… ¡Dicen que todo esto existió realmente alguna vez!

Me pareció tan increíble, tan absurdo, que perdí el control y eché a reír a carcajadas.

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