El fin.
Todo esto fue como el último cristal de sal arrojado en una solución saturada; rápidamente, cristales en forma de aguja comenzaron a aparecer, a volverse más sustanciales y sólidos.
Me resultaba evidente; ¡la decisión estaba tomada y mañana por la mañana lo haré!
Equivale a un suicidio, pero tal vez entonces renazca. Porque solo lo que es aniquilado puede renacer.
Cada segundo el cielo se estiraba en una convulsión allá en el oeste. La cabeza me ardía y palpitaba por dentro; estuve despierto toda la noche y me dormí recién como a las siete de la mañana, cuando la negrura de la noche ya se había disipado y tornábase gris, y cuando los tejados atestados de aves se hacían visibles. …
Me desperté; las diez. Evidentemente el timbre no sonó hoy. Sobre la mesa—dejado de ayer—estaba el vaso de agua. Me tragué el agua con avidez y eché a correr; tenía que hacerlo rápido, lo más rápido posible.
El cielo estaba desierto, azul, devorado por la tormenta.
- Afilados rincones de sombras. …
- Todo parecía recortado en el aire azul otoñal—fino, peligroso de tocar; parecía tan frágil, a punto de disperse en polvo de cristal.
- Dentro de mí algo semejante; no debía pensar; era peligroso pensar, porque. …
Y yo no pensaba, tal vez ni siquiera veía bien; solo registraba impresiones. Allá en la acera, arrojadas desde alguna parte, había ramas esparcidas; sus