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Registro Siete

Esto me vigoriza; me veo a mí mismo como parte de un cuerpo enorme, vigoroso y unido; ¡y qué precisión tan bella! Ni un solo gesto superfluo, ni una reverencia, ni un giro. Sí, este Taylor fue sin duda el mayor genio de los antiguos. Es cierto que no se le ocurrió la idea de aplicar su método a toda la vida, a cada paso a lo largo de las veinticuatro horas del día; fue incapaz de integrar su sistema de la una a las veinticuatro. No puedo entender a los antiguos. ¿Cómo podían escribir bibliotecas enteros sobre algún Kant y apenas reparar en Taylor, en este profeta que vio diez siglos hacia adelante?

El desayuno había terminado. El himno del Estado Unificado se había cantado armoniosamente; rítmicamente, de cuatro en fondo, caminamos hacia los ascensores, los motores zumbaron débilmente y con rapidez bajamos, bajamos, bajamos, con el corazón hundiéndose un poco. De nuevo ese sueño estúpido o alguna función desconocida de aquel sueño. ¡Ah, sí! ¡Ayer en el aero, luego abajo, abajo! Bueno, de cualquier modo, todo ha terminado. Punto. Es muy afortunado que haya sido tan firme y brusco con ella.

El coche del ferrocarril subterráneo me llevó velozmente al lugar donde el cuerpo inmóvil y hermoso de la Integral, aún no espiritualizado por el fuego, brillaba en los diques bajo la luz del sol. Con los ojos cerrados, soñaba en fórmulas. De nuevo calculé mentalmente cuál era la velocidad inicial requerida para arrancar a la Integral de la tierra. Cada segundo, la masa de la Integral cambiaría debido al consumo del combustible explosivo. La ecuación era muy compleja, con cifras trascendentes. Como en un sueño sentí, justo aquí, en el firme mundo calculado, cómo alguien se sentaba a mi lado, rozándome apenas y diciendo: «Perdón». Abrí los ojos. Al principio, al parecer debido a una asociación con la Integral, vi algo que volaba impetuosamente hacia la distancia: una cabeza; vi orejas

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