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Registro Siete

Los tubos de la Torre Musical tronaron armoniosamente la Marcha, la misma Marcha de todos los días. ¡Qué maravilloso es el encanto de esta cotidianeidad, de esta repetición constante y de esta suavidad semejante a un espejo!

«¿De paseo?» Sus ojos redondos y azules se abrieron de par en par hacia mí, ventanas azules que conducían hacia su interior; penetro allí sin impedimento; no hay nada dentro, quiero decir nada ajeno, nada superfluo.

—No, a dar un paseo no. Tengo que irme.

Le dije adónde. Y para mi sorpresa, vi que su rosada y redonda boca formaba un creciente con las puntas hacia abajo, como si hubiera probado algo agrio. Esto me enfadó.

—Ustedes, las Curas, parecen estar incurable y carcomidamente llenas de prejuicios. Son absolutamente incapaces de pensar de manera abstracta. Perdóneme la expresión, pero a esto lo llamo obtusidad mental.

“¿Tú?… ¿A los espías? ¡Qué feo! Y yo fui al Jardín Botánico y te traje una ramita de lirios del valle…”

—¿Por qué «¿y yo?»? ¿Por qué esa «y»? ¡Igualito que una mujer!

Irascible (esto debo confesar), arrebate las flores. > «Aquí los tienes, tus lirios de los valles. ¡Pues huélelos! ¿Buenos? ¿Sí? ¿Por qué no usar un poco de la lógica? Los lirios de los valles huelen bien; ¡está bien! Pero no puedes decir de un olor, de la concepción de un olor, que es bueno o malo, ¿verdad? ¿No puedes, verdad? Está el olor de los lirios de los valles y está el olor desagradable del beleño. Ambos son olores. Los antiguos Estados tenían sus espías; nosotros tenemos los nuestros… ¡sí, espías! No

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