Los tubos de la Torre Musical tronaron armoniosamente la Marcha, la misma Marcha de todos los días. ¡Qué maravilloso es el encanto de esta cotidianeidad, de esta repetición constante y de esta suavidad semejante a un espejo!
«¿De paseo?» Sus ojos redondos y azules se abrieron de par en par hacia mí, ventanas azules que conducían hacia su interior; penetro allí sin impedimento; no hay nada dentro, quiero decir nada ajeno, nada superfluo.
—No, a dar un paseo no. Tengo que irme.
Le dije adónde. Y para mi sorpresa, vi que su rosada y redonda boca formaba un creciente con las puntas hacia abajo, como si hubiera probado algo agrio. Esto me enfadó.
—Ustedes, las Curas, parecen estar incurable y carcomidamente llenas de prejuicios. Son absolutamente incapaces de pensar de manera abstracta. Perdóneme la expresión, pero a esto lo llamo obtusidad mental.
“¿Tú?… ¿A los espías? ¡Qué feo! Y yo fui al Jardín Botánico y te traje una ramita de lirios del valle…”
—¿Por qué «¿y yo?»? ¿Por qué esa «y»? ¡Igualito que una mujer!
Irascible (esto debo confesar), arrebate las flores. > «Aquí los tienes, tus lirios de los valles. ¡Pues huélelos! ¿Buenos? ¿Sí? ¿Por qué no usar un poco de la lógica? Los lirios de los valles huelen bien; ¡está bien! Pero no puedes decir de un olor, de la concepción de un olor, que es bueno o malo, ¿verdad? ¿No puedes, verdad? Está el olor de los lirios de los valles y está el olor desagradable del beleño. Ambos son olores. Los antiguos Estados tenían sus espías; nosotros tenemos los nuestros… ¡sí, espías! No