I-330 !… Esta I- me irrita, me repugna. Casi me asusta; pero justo por eso contesté: «Sí».
En cinco minutos íbamos en aeroplano. Cielo azul de mayo. El sol liviano en su aeroplano dorado zumbaba detrás de nosotros sin alcanzarnos y sin quedarse atrás. Delante de nosotros, una blanca catarata de nube. Sí, una blanca catarata de nube absurdamente algodonosa como las mejillas de un cupido anciano. Aquella nube era inquietante. La ventanilla delantera estaba abierta; hacía viento; los labios se secaban. A su pesar, uno se pasaba la lengua constantemente por ellos y pensaba en los labios.
Ya veíamos a lo lejos las neblinosas manchas verdes al otro lado del Muro. Luego, un leve y involuntario hundimiento del corazón, hacia abajo—hacia abajo—hacia abajo—, como desde una alta montaña, y ya estábamos en la Casa Antigua.
Esa extraña, delicada y ciega institución está rodeada por una cubierta de vidrio; de lo contrario, sin duda se habría hecho pedazos hace mucho tiempo.
En la puerta de vidrio encontramos a una anciana llena de arrugas, especialmente en la boca, que era un conjunto de pliegues y dobleces. Sus labios habían desaparecido, doblados hacia adentro; su boca parecía haberse soldado. Parecía increíble que pudiera hablar y, sin embargo, lo hacía:
—Bueno, querida, ¿vienes de nuevo a ver mi casita?
Sus arrugas brillaban, es decir, sus arrugas divergían como rayos, lo que creaba la impresión de brillo.
—Sí, abuela —respondió I-330.
Las arrugas siguieron brillando.