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Registro Siete

desnudo.

Los taladros llegaron al fondo; girando continuamente se roscaron de nuevo en sus ojos.

S- sonrió de doble curva, asintió y se deslizó hacia la salida.

Me cubrí la cara con el periódico (sentía como si todo el mundo me estuviera mirando) y pronto me olvidé de la pestaña, de los pequeños taladros, de todo, tan disgustado estaba por lo que leí en el periódico:

«Según información fidedigna, se han vuelto a descubrir rastros de una organización que aún sigue fuera del alcance. Dicha organización tiene como objetivo la liberación del yugo beneficioso del Estado».

¡Liberación! ¡Es notable cuán persistentes son los instintos criminales humanos! Empleo deliberadamente la palabra «criminal», pues la libertad y el crimen están tan estrechamente relacionados como —bien, como el movimiento de un aeroplano y su velocidad: si la velocidad de un aeroplano es igual a cero, el aeroplano no se mueve; si la libertad humana es igual a cero, el hombre no comete ningún crimen. Eso está claro. El modo de librar al hombre de la criminalidad es librarlo de la libertad. Apenas nos hubimos librado de la libertad (en el sentido cósmico los siglos son solo un «apenas»), cuando de pronto unos miserables degenerados desconocidos... ⁠… No, no puedo comprender por qué ayer no fui inmediatamente a la Oficina de los Guardianes. Hoy, después de las dieciséis horas, iré allí sin falta.

A las dieciséis diez estaba en la calle; enseguida vi a O-90 en la esquina; estaba toda rosada de alegría por el encuentro. Tiene una mente sencilla y redonda. Un encuentro oportuno; ella me entendería y me brindaría apoyo. O... no, no necesitaba ningún apoyo; mi decisión era firme.

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