Hice una mueca. Estrictamente hablando, se había desmandado. Esta querida O—, ¿cómo decirlo?, la velocidad de su lengua no está calculada correctamente; la velocidad por segundo de su lengua debería ser ligeramente inferior a la velocidad por segundo de sus pensamientos—al menos no al revés.
Al final de la avenida, la gran campana de la Torre Acumuladora dio las diecisiete. La hora personal había terminado.
I-330 nos dejaba con ese Número parecido a una S. Tiene un rostro tan respetable y, me di cuenta entonces, tan familiar. Debo de haberlo visto en alguna parte, pero no lograba recordar dónde.
Al despedirse de mí, I-330 dijo con la misma sonrisa parecida a una X:
“Pásate pasado mañana por el auditorio 112.”
Me encogí de hombros: «Si me asignan al auditorio que acaba de nombrar—»
Ella, con una extraña e incomprensible certeza:
«Lo harás».
La mujer produjo en mí un efecto desagradable, como el componente irracional de una ecuación que uno no puede eliminar.
Me alegré de quedarme a solas con la querida O- , al menos por un breve instante. De la mano con ella, crucé cuatro hileras de avenidas; en la esquina siguiente ella dobló a la derecha, yo a la izquierda.
O- levantó tímida sus redondos ojos azules y cristalinos:
“Me gustaría tanto ir a verte hoy y correr las cortinas, sobre todo hoy, ahora mismo. …”