El muchacho me recordó: “ ¡U- debe estar en el colegio. Debo darme prisa!”.
Corrí hacia la boca más cercana del Ferrocarril Subterráneo. En la entrada alguien pasó a mi lado y dijo: “No corra. ¡Hoy no hay trenes… allí!”.
Descendí. Reinaba una especie de delirio general. El brillo de soles de cristal tallado; el andén apiñado de cabezas. Un tren vacío y torpido.
En el silencio—una voz. No podía verla, ¡pero conocía, conocía aquella voz intensa, viva, flexible, ágil como un látigo, flagelante! Sentí allí aquel triángulo afilado de cejas estiradas hacia las sienes. …
“¡Déjame! ¡Déjame llegar hasta ella! ¡Tengo que hacerlo! …”
Unos tentáculos me atraparon el brazo, los hombros. Estaba clavado. En el silencio escuché:
—No. Sube con ellos. Allí te curarán; allí te hartarán de esa felicidad leudada. Saciado, dormirás plácidamente, organizado, llevando el compás y roncando dulcemente. ¿Es posible que aún no escuches esa gran sinfonía de ronquidos?
¡Gente insensata! ¿No os dais cuenta de que quieren liberaros de estos signos de interrogación roedores, vermiformes y torturantes? ¿Y os quedáis aquí parados escuchándome? ¡Rápido! ¡Arriba! ¡A la Gran Operación!
¿Qué os importa que me quede aquí solo? ¿Qué os importa que quiera luchar, luchar sin esperanza? ¡Mucho mejor! ¿Qué os importa que no quiera que los demás deseen por mí? Quiero desear por mí mismo. Aunque desee lo imposible...
Otra voz, lenta, pesada: