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Registro cuatro

La hermosa textura del espectro de los planetas, disecada por las líneas de Fraunhofer… ¡qué regularidad tan magnífica, tan perfecta! ¡Qué patética la música caprichosa de los antiguos, sin más límites que el alcance de sus fieras imaginaciones!

Como de costumbre, en buen orden, de cuatro en fondo, todos salimos del auditorio. La conocida figura de doble curva pasó velozmente a nuestro lado. Hice una reverencia respetuosa.

La O- iba a venir en una hora. Me sentía agitado, de un modo grato y útil. ¡Por fin en casa! Corrí a la oficina de la casa, le entregué al controlador de guardia mi boleto rosa y recibí un certificado que permitía el uso de las cortinas. Este derecho existe en nuestro Estado solo para los días sexuales. Normalmente vivimos rodeados de paredes transparentes que parecen tejidas de aire chispeante; vivimos bajo la mirada de todos, bañados siempre en luz. No tenemos nada que ocultar los unos de los otros; además, este modo de vivir facilita mucho la difícil y excelsa tarea de los Guardianes. Sin esto, muchas cosas malas podrían suceder. Es posible que las extrañas viviendas opacas de los antiguos fueran responsables de su penosa psicología de celda. «¡Mi (sic!) casa es mi fortaleza!». ¿Cómo se las arreglaban para pensar en cosas semejantes?

A las veintidós horas bajé la cortina y en el mismo segundo entró O-, sonriente, un poco agitada. Me tendió sus labios rosados y su tique rosa. Arranqué el talón, pero no pude apartarme de los labios rosados hasta el último momento: las veintidós quince.

Entonces le enseñé mi diario y le hablé; creo que hablé muy bien sobre la belleza de un cuadrado, de un cubo, de una línea recta.

Al principio ella escuchaba con tanto encanto, estaba tan sonrosada, cuando de repente apareció una lágrima en sus ojos azules, luego otra, y una tercera cayó directamente sobre la página abierta (página 7). La tinta se corrió; bueno, tendré que copiarlo de nuevo.

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