presunción inespresable y jactancia: «¡Bendito seas Tú, Rey del mundo, que nos apartaste de entre todas las naciones y nos santificaste con el pacto de la circuncisión!».
Y de manera similar con muchas otras palabras, cuyo tenor en conjunto es que Dios debe estimarlos por encima de todo el resto del mundo porque ellos, en cumplimiento de su decreto, están circuncidados, y que Él debe condenar a todos los demás pueblos, tal como ellos lo hacen y desean hacer.
De esta jactancia de nobleza se enorgullecen tanto como de su nacimiento físico.
Por consiguiente, creo que si el propio Moisés se apareciera junto con Elías y su Mesías, y tratara de despojarlos de esta jactancia o de prohibir tales oraciones y doctrina, probablemente consideraría a los tres como los tres peores demonios del infierno, y no sabrían cómo maldecirlos y condenarlos adecuadamente, por no hablar de creerles.
Porque han decidido entre ellos que Moisés, junto con Elías y el Mesías, debe aprobar la circuncisión; sí, más bien que deben ayudar a fortalecer y alabar tal arrogancia y orgullo por la circuncisión, y que estos, al igual que ellos, deben considerar a todos los gentiles como pura inmundicia y pestilencia por no estar circuncidados.
Moisés, Elías y el Mesías deben hacer todo lo que ellos prescriben, piensan y desean. Insisten en que tienen la razón, y si Dios mismo obrara de manera distinta a como ellos piensan, estaría equivocado.
Ahora contemplad a estas personas miserables, ciegas e insensatas.
En primer lugar (como dije antes respecto al nacimiento físico), si yo concediera que la circuncisión es suficiente para hacerlos pueblo de Dios, o para santificarlos y distinguirlos ante Dios de todas las demás naciones, entonces la conclusión tendría que ser esta: cualquiera que fuera circuncidado no podría ser malvado ni podría ser condenado. Ni Dios permitiría que esto sucediera, si considerara que la circuncisión está imbuida de tal santidad y poder.
Tal como decimos nosotros los cristianos: cualquiera que tenga fe no puede ser malvado y no puede ser condenado mientras la fe perdure. Pues Dios considera que la fe es tan preciosa, valiosa y poderosa que sin duda santificará y evitará que quien tiene fe y la conserva se pierda o se vuelva malvado.
Pero por ahora dejaré esto de lado.
En segundo lugar, observamos aquí de nuevo cómo los judíos provocan cada vez más la ira de Dios con semejante oración. Pues allí se quedan de pie y difaman a Dios con una mentira blasfema, vergonzosa e impúdica. Son tan ciegos y estúpidos que no ven ni las palabras que se encuentran en el Génesis 17 ni toda la Escritura, la cual condena con fuerza y de manera explícita esta mentira.
Pues en el Génesis 17:12 Moisés afirma que a Abrahán se le ordenó circuncidar no solo a su hijo Isaac —quien en ese momento aún no había nacido—, sino a todos los varones nacidos en su casa, ya fueran hijos o criados, incluidos los esclavos. Todos estos fueron circuncidados en un mismo día junto con Abrahán; también Ismael, quien por entonces tenía trece años de edad, como nos informa el texto.
Así pues, el pacto o decreto de la circuncisión abarca a toda la simiente de todos los descendientes de Abrahán, en particular a Ismael, quien fue la primera simiente de Abrahán en ser circuncidada. En consecuencia, Ismael no solo es igual a su hermano Isaac, sino que incluso —si esto hubiera de estimarse ante Dios— podría tener derecho a jactarse de su circuncisión más que Isaac, ya que fue circuncidado un año antes. En vista de esto, el