en la cuestión principal en disputa (como ocurre también en las disputas religiosas), pero no obstante es muy consciente de que está mintiendo y quiere mentir contra la persona. No sueña con demostrar su punto, ni mediante las apariencias ni mediante la verdad, y es incapaz de hacerlo.
Así es como actúan también los judíos en este caso. Invejan descaradamente, mienten y maldicen a la persona, en contra de su propia conciencia. De ese modo llevan mucho tiempo ganando su causa, de modo que Dios ha tenido que escucharles.
Ya desde hace mil quincecientos años están sentados en Jerusalén, en una ciudad dorada, como podemos ver claramente. Son los señores del mundo, y todos los gentiles acuden en masa a ellos con su chemdath, sus abrigos, pantalones y zapatos, y se dejan matar por los nobles príncipes y señores de Israel, dándoles tierra y gente y todo lo que tienen, mientras los judíos maldicen, escupen y difaman a los goyim.
Y bien podéis imaginar que, si no mintieran de manera escandalosa, maldijeran, difamaran, blasfemaran e injuriaran a las personas, Dios no los habría escuchado y su causa se habría perdido hace mucho tiempo; hoy no serían señores en Jerusalén, sino que vivirían dispersos por el mundo, sin ver Jerusalén, y se ganarían la vida entre los malditos goyim mediante la mentira, el engaño, el robo, el saqueo, la usura y toda clase de otros vicios.
¡Tan eficaz resulta maldecir a la persona si la causa en cuestión es mala y, por tanto, está condenada! En consecuencia, si tenéis una mala causa que defender, no paséis por alto este ejemplo de los judíos. Ellos son los nobles príncipes de Israel capaces de todo. Cuando su causa está perdida, aún son capaces de maldecir a fondo a los goyim.
En primer lugar, difaman a nuestro Señor Jesucristo, llamándolo hechicero e instrumento del diablo. Esto lo hacen porque no pueden negar sus milagros. Imitan así a sus antepasados, quienes dijeron: «Él expulsa a los demonios por medio de Beelzebú, el príncipe de los demonios» [Lucas 11:15].
Inventan muchas mentiras sobre el nombre de Dios, el tetragrámaton, diciendo que nuestro Señor fue capaz de definir este nombre (al que llaman Schem Hamphoras), y que quien sea capaz de hacer eso, afirman, también es capaz de realizar toda clase de milagros. Sin embargo, no pueden citar un solo ejemplo de ningún hombre que haya obrado un milagro que valga un bledo por medio de este Schem Hamphoras.
Es evidente que, como consumados mentirosos, fabrican esto acerca de nuestro Señor. Pues si tal regla del Schem Hamphoras fuera verdad, alguien más la habría empleado antes o después. De otro modo, ¿cómo podría saberse que semejante poder residía en el Schem Hamphoras?
Pero este es un tema demasiado amplio; una vez que termine este opúsculo, planeo publicar un ensayo especial y relatar lo que Porchetus escribe sobre este asunto. Bien se lo tienen merecido, pues al rechazar la verdad de Dios, tienen que creer en su lugar semejantes mentiras abominables, estúpidas e inanes, y en vez del hermoso rostro de la palabra divina, tienen que mirar el trasero negro, oscuro y mentiroso del diablo y adorar su hedor.
Además, le roban a Jesús el significado de su nombre, que en hebreo significa «salvador» o «ayudante». El nombre Helfrich o Hilfrich era común entre los antiguos sajones; este es el equivalente del nombre Jesús. Hoy en día podríamos usar el nombre Hulfrich —es decir, alguien que puede y quiere ayudar—. Pero los judíos, en su malicia, lo llaman Jesu, que en hebreo no es ni un nombre ni una palabra, sino tres letras, como cifras o letras numerales. Es como si, por ejemplo, yo tomara el