que no los visite con truenos y relámpagos, que no los anegue repentinamente con fuego como lo hizo con Sodoma y Gomorra, es este: Este castigo no estaría en consonancia con tal malicia. Por tanto, los golpea con truenos y relámpagos espirituales, como escribe Moisés en Deuteronomio 28:28 entre otros lugares: "El Señor te herirá con locura, ceguera y confusión de mente". Esos son, en verdad, los verdaderos golpes de relámpago y trueno: locura, ceguera, confusión de mente.
Aunque estas terribles, calumniosas y blasfemas mentiras van dirigidas en particular contra la persona de nuestro Señor y su querida madre, también están destinadas a nuestras propias personas. Quieren infligirnos la mayor afrenta e insulto por honrar a un Mesías al que maldicen y difaman tan terriblemente que no lo consideran digno de ser nombrado por ellos ni por ningún ser humano, y mucho menos de ser reverenciado. Así debemos pagar por creer en él, por alabarlo, honrarlo y servirlo.
Quisiera preguntar, sin embargo: ¿Qué mal le ha hecho el pobre hombre de Jesús a esta gente santa?
Si fue un falso maestro, como alegan, fue castigado por ello; por esto recibió su justo merecido, por esto sufrió una muerte ignominiosa en la cruz, por esto pagó y rindió satisfacción. Ningún pagano maldito en todo el mundo perseguirá y difamará por los siglos de los siglos a un pobre hombre muerto que sufrió su castigo por sus fechorías.
¿Cómo es posible entonces que estos judíos santísimos y bienaventurados superen a los paganos malditos?
Para empezar, declaran que Jerusalén no fue destruida ni fueron conducidos al cautiverio por su pecado de crucificar a Jesús. Pues afirman que hicieron lo correcto cuando aplicaron justicia al seductor y que, de este modo, se hicieron merecedores de su Mesías.
¿Es culpa del difunto, que ya ha recibido su juicio, de que nosotros los goyim seamos tan estúpidos y necios como para honrarlo como nuestro Mesías? ¿Por qué no resuelven el asunto con nosotros, nos convencen de nuestra insensatez y demuestran su elevada y celestial sabiduría? Jamás hemos huido de ellos; seguimos firmes en nuestra postura y desafiando su santa sabiduría. Veamos de qué son capaces. Pues resulta de lo más impropio que tan grandes santos se arrinconen a maldecir e insultar a escondidas.
Ahora bien, como empecé a preguntar antes: ¿Qué mal le ha hecho el pobre Jesús a los santísimos hijos de Israel para que no puedan dejar de maldecirlo después de su muerte, con la cual pagó su deuda? ¿Es tal vez que aspira a ser el Mesías, cosa que ellos no pueden tolerar? Oh, no, porque él está muerto. Ellos mismos lo crucificaron, y un muerto no puede ser el Mesías. ¿Acaso es un obstáculo para su retorno a su patria? No, esa tampoco es la razón; porque ¿cómo puede un hombre muerto impedir eso? ¿Cuál es entonces la razón? Se la diré.
Como dije antes, es el rayo y el trueno de Moisés a los que me referí antes: «El Señor os herirá con locura, ceguera y confusión de mente».
Es el fuego eterno del que hablan los profetas: «Mi ira saldrá como fuego y arderá sin que nadie la apague» [Jer. 4:4].
Juan el Bautista les proclamó el mismo mensaje después de que Herodes les hubiera quitado el cetro, diciendo [Lc. 3:17]: «Su bieldo está en su mano para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, pero la paja la quemará con fuego que nunca se apaga».
En verdad, tal fuego de la ira divina lo contemplamos descender sobre los judíos. Lo vemos arder, encendido y en llamas, un fuego más horrible que el de Sodoma y Gomorra.
Ahora tales mentiras diabólicas y blasfemias van dirigidas contra la persona de Cristo y de su querida madre; pero nuestra persona y la de todos los cristianos también están implicadas. También están pensando en nosotros. Porque Cristo y María están muertos y porque nosotros los cristianos somos gente tan vil por honrar a estos