erigir el tercer templo, es decir, cuando Dios sea un mentiroso, cuando el diablo sea la verdad y cuando ellos mismos vuelvan a tomar posesión de Jerusalén; no antes.
Josefo escribe que Herodes arrasó el templo de Hageo porque no era lo suficientemente espléndido, y lo reconstruyó de modo que fuera igual o superior al templo de Salomón en esplendor.
Me alegraría creer a los libros de historia; sin embargo, incluso si este templo hubiera sido construido de diamantes y rubíes, todavía le habrían faltado los elementos mencionados de aquel sublime y antiguo lugar santo —a saber, el arca, el propiciatorio, los querubines, etcétera—.
Además, dado que Herodes no había recibido el encargo de Dios para construirlo, sino que lo hizo como un enemigo impío de Dios y de su pueblo, motivado por la vanidad y el orgullo, en su propio honor, toda su estructura y obra no equivalían ni a la piedrecita más insignificante que Zorobabel colocó en el templo por mandato de Dios.
Herodes ciertamente no mereció mucha gracia por derribar y profanar el templo que había sido mandado, construido y consagrado por la palabra de Dios, y luego presumir de erigir uno mucho más glorioso sin la palabra ni el mandato de Dios.
Dios permitió esto por consideración al lugar que había seleccionado para el templo, y para que la destrucción del templo tuviera el significado negativo de que el pueblo de Israel se quedaría en adelante sin templo, sin palabra de Dios y sin nada, y que en su lugar este se entregaría por completo al esplendor del mundo, bajo la apariencia de servicio a Dios.
Este templo no solo era menos espléndido que el de Salomón, sino que también fue violado de muchas maneras más terriblemente que el templo de Salomón, y a menudo fue completamente profanado.
Esto sucedió primero, contra la voluntad de los judíos, cuando Antíoco lo despojó de todo su contenido, colocó un ídolo en el altar, sacrificó carne de cerdo e hizo del templo una auténtica pocilga y una desolación idólatra, instituyendo una horrible matanza en Jerusalén como si fuera el mismo diablo, tal como leemos en el I Macabeos 1 y como Daniel había predicho.
Ninguna vejación menor cometieron los romanos, y en especial ese inmundo emperador Calígula, quien también colocó su marca de abominación en el templo. Daniel 9 y 12 hablan de esto.
Semejante ignominia y deshonra no las experimentó el templo de Salomón a manos de gentiles y extranjeros. Esto hace difícil ver cómo se cumplieron las palabras de Hageo: «Lenaré este templo de una gloria que excederá la gloria de aquel templo».
Uno más bien podría decir que fue llenado de deshonra excediendo la deshonra de aquel templo, es decir, si uno piensa en el honor externo y exterior. En consecuencia, si las palabras de Hageo han de considerarse verdaderas, debe de estar refiriéndose a un tipo diferente de esplendor.
Segundo, los judíos mismos también desecaron este templo con mayor ferocidad de lo que el otro fue desecado jamás: a saber, con idolatrías espirituales.
Lira escribe, y otros también, en muchos pasajes, que los judíos, tras su retorno del cautiverio babilónico, no cometieron idolatría ni pecado matando profetas tan gravemente como antes. Con ello quiere demostrar que su exilio actual debe deberse a un pecado más aborrecible que la idolatría, el asesinato de los profetas, etc., a saber, la crucifixión del Mesías.
Este argumento es bueno, válido y contundente. Que ya no mataran a los profetas no debe atribuirse a una falta de intenciones malvadas, sino al hecho de que ya no tenían ningún profeta que reprochara su idolatría, avaricia y otros vicios. Es por eso que ya no pudieron matar profetas. Sin duda, el último profeta, Malaquías, que comenzó a reprender a los sacerdotes, apenas escapó (si es que realmente escapó).
Pero practicaban la idolatría de manera más escandalosa en la época de este templo que en la del otro; no la variedad tosca, palpable y estúpida, sino la clase sutil y espiritual. Zacarías describe esto bajo la imagen de un rollo volante y de un efa que sale (Zacarías 5:2,6).