Dios los honró verdaderamente en gran manera por medio de la circuncisión, hablándoles por encima de todas las demás naciones de la tierra y confiándoles su palabra.
Y con el fin de preservar esta palabra entre ellos, les dio un país especial; obró grandes maravillas a través de ellos, instituyó reyes y gobernantes, y prodigó en ellos profetas que no solo los informaron sobre las mejores cosas pertenecientes al presente, sino que también les prometieron al futuro Mesías, el Salvador del mundo.
Fue por causa de él que Dios les concedió todo esto, ordenándoles que aguardaran su venida, que lo esperaran con confianza y sin demora. Pues Dios hizo todo esto únicamente por causa de él:
- por causa de él fue llamado Abraham,
- se instituyó la circuncisión,
- y el pueblo fue ensalzado de tal manera que todo el mundo pudiera saber de qué pueblo, de qué país, en qué tiempo, sí, de qué tribu, familia, ciudad y persona vendría, para que no fuera reprochado por los demonios y por los hombres por venir de un rincón oscuro o de antepasados desconocidos.
No, sus antepasados tenían que ser grandes patriarcas, excelentes reyes y destacados profetas, que den testimonio de él.
Ya hemos manifestado cómo los judíos, con pocas excepciones, veían tales promesas y profetas. Nunca fueron capaces de tolerar a un profeta, y siempre persiguieron la palabra de Dios y se negaron a prestar oído a Dios. Esa es la queja y el lamento de todos los profetas.
Y como hicieron sus padres, así hacen hoy todavía, ni enmendarán jamás sus caminos. Si Isaías, Jeremías u otros profetas anduvieran hoy entre ellos y proclamaran lo que proclamaron en su día, o declararan que la actual circuncisión de los judíos y su esperanza en el Mesías son vanas, tendrían que morir de nuevo a sus manos como sucedió entonces.
Que aquel que está dotado de razón, por no hablar de entendimiento cristiano, note cómo pervierten y retuercen arbitrariamente los libros de los profetas con sus malditas glosas, en violación de su propia conciencia (sobre lo cual quizás podamos decir más adelante).
Pues ahora que ya no pueden apedrear ni matar a los profetas física o personalmente, los atormentan espiritualmente: mutilan, estrangulan y maltratan sus bellos versos de modo que el corazón humano se acongoja y sufre. Pues esto nos obliga a ver cómo, debido a la ira de Dios, están totalmente entregados en las manos del diablo.
En breve, son un pueblo asesino de profetas; puesto que ya no pueden asesinar a los vivos, tienen que asesinar y atormentar a los que están muertos.
Consiguientemente, después de haber azotado, crucificado, escupido, blasfemado y maldecido a Dios en su palabra, como profetiza Isaías 8, sacan a relucir pretenciosamente su circuncisión y otras obras vanas, blasfemas, inventadas y carentes de sentido.
Presumen de ser el único pueblo de Dios, de condenar a todo el mundo, y esperan que su arrogancia y jactancia agraden a Dios, de modo que él deba recompensarles con un Mesías de su propia elección y prescripción.
Por tanto, querido cristiano, mantente en guardia contra tan maldita e incorregible gente, de la que no puedes aprender otra cosa que a desmentir a Dios y a su palabra, a blasfemar, a pervertir, a asesinar profetas y a despreciar altanera y orgullosamente a todas las personas sobre la tierra.
Aun si Dios estuviera dispuesto a pasar por alto todos sus demás pecados —lo cual, por supuesto, es imposible—, no podría condonar semejante inefable (aunque pobre y desdichada) soberbia. Pues se le llama Dios de los humildes, como afirma Isaías 66:2:
«Pero a este miraré: al que es pobre y humilde de espíritu, y tiembla a mi palabra».
He dicho lo suficiente sobre la segunda falsa jactancia de los judíos, a saber, su falsa y fútil circuncisión, la cual no les sirvió de nada cuando Moisés y Jeremías les pidieron cuentas a causa de su corazón incircunciso. Cuánto menos útil es ahora, cuando no es más que el artificio del diablo con el que se burla de ellos y los engaña, como hace también con los turcos. Pues donde la palabra de Dios ya no está presente, la circuncisión es nula y sin valor.
En tercer lugar, son muy vanidosos porque Dios habló con ellos y les dio la ley de Moisés en el monte Sinaí. Aquí llegamos al punto exacto, aquí Dios realmente tiene que dejar