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nydus/On the Jews and Their LiesPublic
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Martín Lutero: Sobre los judíos y sus mentiras

circuncidados. Posteriormente se acercan a Dios y exultan en su oración por habernos llevado al pueblo de Dios mediante la circuncisión —como si esto fuera una obra preciosa—. Desdeñan, desprecian y maldicen el prepucio en nosotros como una abominación fea que nos impide convertir mientras que su circuncisión, según afirman, lo obra todo.

¿Qué tiene que ver Dios con tal oración y alabanza que ellos profieren junto con su grosera y blasfema mentura, en contra de toda la Escritura (como ya se ha dicho)?

¡Ciertamente los oirá y los hará volver a su tierra! Quiero decir que, si estuvieran habitando en el cielo, tales jactancias, oraciones, alabanzas y mentiras acerca de la circuncisión por sí solas los arrojarían instantáneamente al abismo del infierno. Ya he escrito sobre esto en contra de los sabbatarios.

Por tanto, querido cristiano, estate en guardia contra semejante gente maldita a la que Dios ha permitido hundirse en profundas abominaciones y mentiras, pues todo lo que hacen y dicen ha de ser pura mentira, blasfemia y malicia, por muy bien que luzca.

Pero puedes preguntar: ¿De qué sirve entonces la circuncisión? ¿O por qué la mandó Dios con tanta severidad?

Respondemos: ¡Que se angustien los judíos por eso! ¿Qué nos importa eso a nosotros los gentiles? No nos fue impuesta, como habéis oído, ni tenemos necesidad de ella, sino que podemos ser el pueblo de Dios sin ella, tal como lo fueron los habitantes de Nínive, de Babilonia, de Persia y de Egipto. Y nadie puede demostrar que Dios haya mandado jamás a un profeta o a un judío que circuncidara a los gentiles. Por lo tanto, no deben acosarnos con sus mentiras e idolatría.

Si pretenden ser tan listos y sabios como para instruirnos y circuncidarnos a los gentiles, que nos digan primero para qué sirve la circuncisión y por qué Dios la mandó con tanta severidad. Nos deben esto; pero no lo harán hasta que regresen de nuevo a su hogar en Jerusalén, es decir, cuando el diablo ascienda al cielo.

Porque cuando afirman que Dios ordenó la circuncisión con el propósito de santificarlos, salvarlos y hacerlos el pueblo de Dios, están mintiendo atroces, como habéis oído. Pues Moisés y todos los profetas testifican que la circuncisión ni siquiera ayudó a aquellos a quienes se les mandó, ya que tenían el corazón incircunciso. ¿Cómo, pues, nos iba a ayudar a nosotros, a quienes no se nos mandó?

Pero para hablar por nosotros los cristianos, sabemos muy bien por qué fue dada o qué propósito sirvió. Sin embargo, ningún judío sabe esto, y aun cuando se lo decimos, es como hablarle a un tronco o a una piedra. No desistirán de su jactancia y su orgullo, es decir, de sus mentiras. Insisten en que están en lo cierto; Dios debe ser el mentiroso y él debe estar en el error. Por lo tanto, que sigan su camino y mientan como sus padres lo han hecho desde el principio.

Pero San Pablo nos enseña en Romanos 3 que cuando la circuncisión se realiza como una especie de obra no puede santificar ni salvar, ni estaba destinada a hacerlo. Tampoco condena a los gentiles incircuncisos, como los judíos dicen mendaz y blasfemamente. Más bien, dice: «la circuncisión es de gran valor en esta manera: que a ellos les fueron confiadas las palabras de Dios» [cf. Rom. 3:1 ss.]. ¡Ese es el punto, ahí se dice, ahí se encuentra!

La circuncisión fue dada e instituida para envolver y preservar la palabra de Dios y su promesa. Esto significa que la circuncisión no debe ser útil o suficiente como una obra en sí misma, sino que aquellos que poseen la circuncisión deben estar obligados por este signo, pacto o sacramento a obedecer y creer a Dios en sus palabras y a transmitir todo esto a sus descendientes.

Pero donde tal causa final o razón de la circuncisión ya no subsistía, la circuncisión como mera obra ya no debía gozar de validez o valor, con mayor razón si los judíos debían añadirle o adosarle otra causa final o explicación.

Esto también queda confirmado por las palabras del Génesis 17: «Seré vuestro Dios, y en señal de esto llevaréis mi señal en vuestra carne» [cf. Gén. 17:8],

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