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nydus/On the Jews and Their LiesPublic
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Martín Lutero: Sobre los judíos y sus mentiras

pervierten todas las declaraciones de la Escritura de manera tan vergonzosa: a saber, no quieren, no pueden soportar que nosotros, los gentiles, seamos sus iguales ante Dios y que el Mesías sea nuestro consuelo y alegría tanto como el de ellos. Digo que, antes de permitir que nosotros, los gentiles, a quienes incesantemente se burlan, maldicen, condaman, difaman e insultan, compartamos el Mesías con ellos y seamos llamados sus coherederos y hermanos, crucificarían a diez Mesías más y matarían al mismo Dios si esto fuera posible, junto con todos los ángeles y todas las criaturas, aun a riesgo de incurrir por ello en la pena de mil infiernos en lugar de uno.

Una soberbia tan incomprehensiblemente obstinada habita en la noble sangre de los padres y santos circuncidados. Ellos solos quieren tener al Mesías y ser los amos del mundo. Los malditos Goyim deben ser sirvientes, entregar su deseo (es decir, su oro y plata) a los judíos y dejarse degollar como ganado desgraciado. Preferirían permanecer perdidos consciente y eternamente antes que renunciar a este punto de vista.

Desde su juventud han bebido de sus padres y de sus rabinos un odio tan venenoso contra los goyim, y continúan abrevar de él sin cesar.

Como declara el Salmo 109:18, ha penetrado en la carne y en la sangre, en el tuétano y en los huesos, y se ha vuelto parte y porción de su naturaleza y de su vida. Y tan poco como pueden cambiar la carne y la sangre, el tuétano y los huesos, tan poco pueden cambiar tal orgullo y envidia. Deben permanecer así y perecer, a menos que Dios obre milagros extraordinariamente grandes.

Si quisiera mortificar e irritar gravemente a un judío, le diría:

«Escucha, Yehudí, ¿te das cuenta de que soy un verdadero hermano de todos los santos hijos de Israel y coheredero en el reino del verdadero Mesías?».

Sin duda, me llevaría una desagradable reprimenda. Si pudiera mirarme con los ojos de un basilisco, sin duda lo haría. Y todos los demonios no podrían ejecutar el mal que me desearía, ni aunque Dios se lo concediera; de eso estoy seguro.

Sin embargo, me abstendré de hacer esto, y pido también que nadie más lo haga, por amor a Cristo. Pues el corazón y la boca de los judíos rebosarían con un aguacero de maldiciones y blasfemias contra el nombre de Jesucristo y de Dios el Padre.

Debemos portarnos bien y no darles motivo para ello si podemos evitarlo, del mismo modo que no debo provocar a un loco si sé que va a maldecir y blasfemar contra Dios. Aparte de esto, los judíos oyen y ven en nosotros suficientes cosas por las que siempre blasfeman y maldicen el nombre de Jesús en sus corazones; pues verdaderamente están endemoniados.

Como ya hemos dicho, no pueden soportar oír ni ver que nosotros, los malditos goyim, nos gloriemos del Mesías como nuestro chemdath, y que seamos tan buenos como ellos o como creen que son.

Por lo tanto, querido cristiano, ten en cuenta y no dudes de que, después del diablo, no tienes enemigo más amargado, venenoso y vehemente que un verdadero judío que busca seriamente ser judío.

Puede que entre ellos haya algunos que crean lo que cree una vaca o un ganso, pero su linaje y la circuncisión los infectan a todos.

Por eso los libros de historia los acusan a menudo de contaminar pozos, de secuestrar y alancear niños, como por ejemplo en Trento, Weissensee, etc. Ellos, por supuesto, lo niegan. Sea verdad o no, lo que sí sé es que no les falta la voluntad completa, plena y dispuesta a hacer tales cosas, ya sea en secreto o abiertamente cuando sea posible. Esto puedes esperarlo con seguridad de ellos, y debes atenerte a ello en consecuencia.

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